18 ene. 2013

¿ES BUENO EL ARTE ESPAÑOL?

Un ácido texto de antimuseo
 
Yo siempre he dicho que no. En flagrante, polémica y mal recibida contradicción con los discursos oficiales y oficiosos, he manifestado reiteradas veces mi poco respeto por el arte patrio. Me parece tan malo que me he salido de él, que ya no quiero ser curador, ni abrir nuevos espacios o colaborar con museos. Comprendo, por otra parte, que semejantes declaraciones me garantizan un viaje de ida, al cuerno dirá más de uno, sin boleto de vuelta. Sea bien venido, porque intuyo que hasta en la superficie curva y áspera de ese asta metafórica se dan mejores condiciones para el florecimiento de la cultura que en el reseco suelo hispano (y vasco, y catalán, y gallego, y, y…).
La paella es uno
de los grandes
temas del arte español.
Los problemas del arte español son además tan complicados, se han enquistado de tal manera y están tan densamente imbricados con los demás conflictos de nuestra sociedad, que no sólo resulta difícil aventurar análisis, sino que acaba por dar pereza. Yo llevo unos 25 años de vida profesional, y si me va muy bien me quedan otros 25 por delante. Es decir, estoy en la mitad justa de mi carrera. En la primera fracción se han repetido las mismas cuestiones, una generación tras otra, sin avances sustanciales en la formulación de diagnósticos y aún menos de remedios. Y cuando pienso que si sigo aquí tendré que aguantar durante cinco lustros más los sempiternos ecos de idénticas quejas y declaraciones triunfalistas. La reiteración de los errores o los abusos de los políticos. La perenne desconfianza de la sociedad hacia los intelectuales, las estrategias fallidas para internacionalizar nuestro arte, las rencillas y pandilleos entre artistas y su sumisión ante cualquier forma de poder… ¡Qué hueva! ¿Pero por qué tan cansinos?

La reflexión me brota, torrencialmente como se ve, de la lectura de una entrevista a Miguel Cereceda, que es educador, crítico y ahora también director o presidente del autodenominado Instituto de Arte Contemporáneo, que como él mismo advierte no es instituto sino asociación civil. ¿Por qué no le cambian el nombre, pues? Yo no conozco el trabajo de Cereceda ni sé qué es lo que hace este instituto que no es un instituto, y como ya me he salido del arte español no creo que llegue a saberlo nunca. Pero hay una frase que me ha prendido, con las nefastas consecuencias que están observando ustedes:
“Consideramos que la obra de los artistas españoles contemporáneos tiene una calidad y un interés que en nada desmerece de la de los artistas de los países de nuestro entorno.” (1)

Tengo que decir que la frase está tan gastada que tiene menos sentido que aquello de la unidad de sentido en lo universal (2), que yo lo oía en el colegio y no me enteraba, alma cándida, de a qué o quién se referían. Fuera de sarcasmos, la declaración institucional, ahora sí, de Cereceda nos está indicando el punto central del laberinto. Un lugar al que es casi imposible llegar desde fuera, pero del que debemos partir los que estamos dentro, tomando cualquiera de los enmarañados senderos que se abren hacia los cuatro puntos cardinales, para encontrar una salida.
No hace falta aclarar que lo que motiva la declaración del presidente del IAC es la sensación de que el arte español está infrarrepresentado en los circuitos internacionales. Que nos falta proyección, por mucho que nuestros artistas sean tan buenos como los del zoco vecino.
Pues bien, el problema está precisamente en que alguien que es profesor universitario, crítico con tribuna en importantes medios de comunicación y cabeza visible de una de las asociaciones sectoriales más grandes del país, en cuanto a número de socios, crea que el arte es lo que hacen los artistas. Que si hay uno, diez o cien artistas buenos en España, entonces tendremos buen arte. Que las obras de ese o esos supuestos buenos artistas son objetos cerrados, con capacidad de significar por sí mismos, independientes del contexto, que establecen relaciones unívocas – yo te digo tú me entiendes – con cualquier sujeto. Y que en consecuencia son intrínsecamente buenas, en cuanto a calidad artística, y que así deberían apreciarlo esos seis mil y pico millones de extranjeros que no nos pelan. Llegados a este punto tenemos dos opciones: recurrir a las viejas teorías conspiratorias, por ejemplo, que los extranjeros nos tienen envidia, o reconsiderar de forma global nuestra manera de entender el arte.

Como yo soy un tipo lioso y poco dado a hacer concesiones, hace ya muchos años que me interné por el segundo camino y emprendí una búsqueda que me ha hecho rodar por los tugurios del Berlín dividido, esto para que vean cuán pretérito tiempo, las cantinas de un México que resurgía de su propia crisis bancaria y reinventaba los lenguajes del arte con libertad salvaje, y, como no, una y otra vez por los baretos “around-the-clock” de Madrid, donde recalo a reponer energías para nuevos viajes.
Reparando neuronas
Lo que pude entender en la distancia, tanto desde el orden milimétrico de Alemania como desde el perfecto caos mexicano, es la desarticulación de la sociedad española. Una desarticulación que se extiende a todos los ámbitos: hay desarticulación social, territorial, económica, y hasta epistemológica. Tengo la sensación de que en España el conocimiento es fragmentario, monádico, fermentado en compartimentos estancos. En cuanto al arte, me sorprende que todavía hoy se hable de buenos artistas o buenas obras de arte, como si pudiesen existir per se. El arte de una sociedad es bueno en su conjunto, es decir, hay un buen sistema (institución, campo…) artístico, que produce buenos artistas, buena teoría, buenas instituciones, buenas universidades, buenos antagonismos, incluso un buen mercado. O no lo hay, y sólo esporádicamente florecen margaritas en el lodo, aunque lo normal es que el talento se marchite, las energías se disipen, la creatividad se adocene y sólo sobrevivan los que huyeron a tiempo.
El sistema artístico español es malo, pésimo, execrable, enfermizo, inicuo. En treinta años de democracia lo han estado cebando con ferias, museos, festivales, becas, políticas interruptus, pero sobre todo con sangre fresca, arte joven, y como decían en un número ya antiguo de Brumaria, ha engordado mucho, pero no ha crecido. Ahora que toca adelgazar la cosa va a ser más que interesante. Pero el problema es que es todo el sistema el que está mal. Carecemos de escuelas de arte que puedan llamarse tales, la educación artística en los colegios está ausente o sometida a severos castigos. Carecemos de instituciones con sentido, creadas para dialogar con la sociedad que las sostiene, no para enriquecimiento y gloria de los políticos de las inauguran o pavoneo de curadores de moda, de una crítica capaz de situar y explicar la creación plástica dentro del marco histórico donde se está dando, y que además se entienda a sí misma como institución, con la responsabilidad que esto implica. Nuestro mercado ha sido oportunista y politizado, dependiente de lo público auque se supone que interpela a lo privado. Por otra parte la izquierda intelectual se manifiesta anti-arte, vete a saber por que, pero exige pasa sí los recursos del arte, intentado a la vez un vaciamiento de legitimidad y material y regalando todo este espacio institucional y político a los que consideran sus enemigos. Y los artistas, en fin, dóciles a los gobernantes, curadores y galeristas, faltos de rigor y más pendientes de forjar amistades que de escupir verdades. Pero es que ya se sabe que en España las amistades lo son todo.

El mismo día que leo la entrevista a Cereceda caen en mis manos, metafóricamente hablando, otros dos textos: una breve nota, “El espejismo del desierto - Vida, pasión y muerte del arte peruano (2000-2012), del limeño David Flores-Hora, publicado en la revista El Buen Salvaje (3), cuyo link debo agradecer a Fietta Jarque, donde hace un somero análisis del arte peruano. Pero fíjense en los títulos de los párrafos: El estado de la cuestión, La institucionalidad, La academia, El mercado, La crítica, La curaduría y La conclusión. Es decir, para hablar del arte peruano no se refiere a las obras de los artistas, sino que da un repaso a los diferentes sectores que conforman la institución. ¿Es tan difícil hacer esto? ¿Es porque ellos tuvieron a Juan Acha y nosotros a Julián Marías? Amigo Miguel Cereceda ¿no podrían usar ustedes la gran plataforma del IAC para sacar los muertos de los armarios, limpiar debajo de las alfombras y airear calzones revenidos? Si de verdad les preocupa la proyección internacional del arte español, lo que deben hacer es cambiar de registro e iniciar una etapa de autocrítica demoledora, pero no de las obras de arte, sino de la propia institución en la que todos compartimos responsabilidades.
El otro texto es también de un peruano, por el que siento muy pocas simpatías, sobre todo desde que se le ocurrió el disparate de comparar a la política corrupta Esperanza Aguirre con Juana de Arco: Mario Vargas Llosa. Sin embargo dice algo, Flores-Hora también lo menta en su conclusión, que es sumamente importante recordar: “Occidente —mejor dicho, los espacios de libertad que su cultura permitía— tuvo siempre, en sus filósofos, en sus poetas, en sus científicos y, desde luego, en sus políticos, a feroces impugnadores de sus leyes y de sus instituciones, de sus creencias y de sus modas.”

En lo que ha fallado el arte español, en lo que hemos fallado todos de manera palmaria y dolorosa, es en la creación de un espacio de libertad. Sin eso no hay arte. Habrá emprendimientos culturales, como dicen ahora. Habrá producción de objetos, proliferación de instituciones y refulgir de glorias pasajeras, pero no arte. El arte, la cultura, sólo tienen sentido como rebeldía, nunca como sumisión a intereses políticos, económicos o académicos. El problema no es que haya poca proyección del arte español, es que hay muy poco que proyectar, e insisto en que no me refiero en primer lugar a los artistas.


(1) http://www.micmag.net/fr/agenda/conversacion-con-miguel-cereceda-nuevo-presidente-del-iac

(2) En la dictadura militar se definía España como “una unidad de sentido en lo universal”. La ininteligibilidad y estupidez de esta definición explican porque los fachas necesitan exhibir un arma para hacerse entender.



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