Un ácido texto de antimuseo
Yo
siempre he dicho que no. En flagrante, polémica y mal recibida contradicción con
los discursos oficiales y oficiosos, he manifestado reiteradas veces mi poco
respeto por el arte patrio. Me parece tan malo que me he salido de él, que ya no
quiero ser curador, ni abrir nuevos espacios o colaborar con museos. Comprendo,
por otra parte, que semejantes declaraciones me garantizan un viaje de ida, al
cuerno dirá más de uno, sin boleto de vuelta. Sea bien venido, porque intuyo que
hasta en la superficie curva y áspera de ese asta metafórica se dan mejores
condiciones para el florecimiento de la cultura que en el reseco suelo hispano
(y vasco, y catalán, y gallego, y, y…).
 |
La paella es uno
de los
grandes
temas del arte español. |
Los
problemas del arte español son además tan complicados, se han enquistado de tal
manera y están tan densamente imbricados con los demás conflictos de nuestra
sociedad, que no sólo resulta difícil aventurar análisis, sino que acaba por dar
pereza. Yo llevo unos 25 años de vida profesional, y si me va muy bien me quedan
otros 25 por delante. Es decir, estoy en la mitad justa de mi carrera. En la
primera fracción se han repetido las mismas cuestiones, una generación tras
otra, sin avances sustanciales en la formulación de diagnósticos y aún menos de
remedios. Y cuando pienso que si sigo aquí tendré que aguantar durante cinco
lustros más los sempiternos ecos de idénticas quejas y declaraciones
triunfalistas. La reiteración de los errores o los abusos de los políticos. La
perenne desconfianza de la sociedad hacia los intelectuales, las estrategias
fallidas para internacionalizar nuestro arte, las rencillas y pandilleos entre
artistas y su sumisión ante cualquier forma de poder… ¡Qué hueva! ¿Pero por qué
tan cansinos?